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Capítulo 23. Adela y Alejandrina Ferrand López

Cuando un anciano muere, una biblioteca se quema.

Amadou Hampâté Bâ (1901-1991)

Cuando escribí los capítulos anteriores, lo intenté hacer distanciándome lo más posible del personaje sobre el que escribía. Como método, recurrí a sus apariciones en prensa, a documentos que encontraba o poseía, o a fotografías a las que tuve acceso; raramente a los recuerdos.

En el capítulo que empiezo no soy capaz de ver a los personajes con la distancia suficiente; confundo los hechos con sus recuerdos y todo lo que he sido capaz de escribí tiene un tufo de sensaciones personales más que de crónicas. Los olores, los silencios, las sonrisas, sobresalen de la propia narración y este capítulo, en consecuencia, no será una crónica, sino una pobre descripción de mis sensaciones. Ya sé que esto no es historia, tampoco ficción; es sólo la realidad como la percibo.

Me enfrento, sin duda, a un capítulo difícil, complicado: el de mi abuela Adela y mi tía Alejandrina, inseparables hermanas que no se pueden entender si pretendemos diferenciar sus historias; como los “binomios”, en este caso, “de cuadrado perfecto”, como lo expresa las matemáticas. Difícil porque tengo que escribirlo mezclando datos, fotos y documentos, con los sentimientos que en cada uno de ellos aparecen.

Adela Ferrand López
Alejandrina Ferrand López
Adela con su marido Fernando Sánchez de Nieva y Ruiz de Cortázar
Adela con su marido Fernando Sánchez de Nieva y Ruiz de Cortázar

Pero empecemos.

Nunca llevaba llave, ¿para qué? Siempre había alguien en esa casa de la calle Perú número 1 del barrio sevillano de Heliópolis, y siempre alguien le abría. Tocaba el timbre, o más bien se apoyaba en él hasta que se abría la puerta. Su cuñada Alejandrina lo hacía, o yo, o Dolores, una de las “muchachas” que por esa casa pasaron; aquella que cortaba las patatas mirando cada rodaja al tras luz para ver si se veía a la Virgen, y cuando intuía algo que tal pareciere, llamaba para comunicar su hallazgo; cuando a mí me la enseñaba, la veía bien partidita y friéndose en la sartén con el buen aceite de oliva con el que allí se cocinaba (ya veremos el porqué) y que sería su destino final.

“Ya está aquí Papáfernando”, decía mi abuela “Mamadela”

Entraba en su despacho, primera puerta a la derecha, después de dejar abrigo y mascota en el perchero de la entrada. Encendía la radio a tal volumen que su sordera no le impidiese oír “el parte” de las dos y media. A veces me llamaba y me miraba las uñas de las manos: “culos de gallina” me decía cuando me las había comido, costumbre que tuve durante algún tiempo. Otras, cuando veía algún progreso, me daba una “perra gorda” y si el progreso era notorio, “un real”, aquella moneda con un agujero en el centro y de mayor tamaño de la de “dos reales”, pero de mitad valor: un cuarto de peseta. En tales días tendría fondos para ir al “puesto de Luis”, junto al colegio, e incluso invitar a algunos de mis amigos con alguna chuchería.

Otros días, por la tarde cuando llegaba del colegio y después de hacer los deberes, me daba un folio “Galgo”, escrito ya por una cara, para que escribiera o dibujara, pero nunca me dejó escribir con su pluma “Parker 51” con la que ahora escribo: “las plumas no se prestan, que pierden el punto”, me decía, como si me confesara un secreto inconfesable. En otras, me dejaba escribir en la máquina “Remington Standard” que hoy está en la habitación en la que escribo.

¡Fernando, la comida!

“Vamos Carlitos, que se enfrían las patatas”.

El comedor era grande, así como el mobiliario. Lo recuerdo algo oscuro a pesar de las cuatro ventanas que tenía pero casi siempre muy entornadas. En la cabecera, delante del aparador, se sentaba mi abuela, yo a su derecha, junto a mi padre cuando a almorzar venía, y la tía Alejandrina a su izquierda junto al tío Fernando cuando en Sevilla se encontraba, único hijo que siempre vivió con sus padres; era soltero. En la otra cabecera mi abuelo Fernando. Muchas veces me he recreado recordando las conversaciones del lado de la zona del aparador que versaban de los temas más diversos, ya fuesen historias de mi abuela o de cosas de algunos de los hijos. Mi abuelo se mantenía al margen, porque no se enteraba de la conversación mantenida en la otra ala, pero cuando intervenía, decía algo que nada tenía que ver con lo que se hablaba en ella.

A veces, cuando Dolores había visto a la Virgen en una de las rodajas de patatas, entraba en el comedor y en un plato de patatas fritas con la chuleta consabida, aliñada con ajito y perejil cuyo olor impregnaba la casa y que nunca he olvidado, me traía unas rodajas del salchichón, que sabía me gustaba, que había comprado en “Casa Moya”; era la clave para decirme que en las patatas que me servía había visto a la Virgen. Sois primeros en conocer nuestro secreto lenguaje que nunca conoció mortal alguno.

En ese comedor se han celebrado numerosos eventos familiares, ya fueran por el santo de alguien o simplemente porque sí.

De Izquierda a derecha: Carlos (mi padre) Encarna (mi madre) La muchacha, Adela (mi abuela) Maria Luisa (la mujer de Julio) Luis. la tía María (hermana de mi abuelo Fernando) y el tío Fernando.
Calculo que el fotógrafo era el tío Julio
De Izquierda a derecha.: María Luisa (La mujer de Julio). El tío Luis, la tía María, la muchacha, el tío Rafael, Consuelo, su mujer, tía Alejandrina, Carlos, mi padre y Adela con la mano extendida.

 

Adela, a la izquierda, con dos señoras desconocidas para mí.
Cualquier referencia será agradecida.

 Recuerdo a mi abuela “arreglando” las chuletas de ternera a las que quitaba los pitracos y se los daba al gato que, pacientemente, la miraba con lamidos de lengua ocasionales. Nunca fue mi amigo y de él no recuerdo ni su nombre ni su color; me suena que fuese amarillento.

Fernando y Adela tuvieron cinco hijos todos varones y durante mucho tiempo algunos de ellos con sus esposas y en algunos casos hijos incluidos convivieron en esa casa. Las tardes eran gloriosas ya que Adela, Alejandrina, Consuelo, la mujer de Rafael, que era militar destinado en la provincia de Cádiz y llegaba los fines de semanas conduciendo su “Vespa”; Marisa, la de Luis, y Encarna, mi madre, sentadas en esa camilla hablaban de todo lo que se meneara, o no. A veces se unía Carlota, de la que hablaré luego. Yo, cumpliendo instrucciones, pasaba de vez en cuando por la habitación para confirmar que bien me encontraba y me dejaban remover el brasero con la badila y echar alhucema en él. Merendaba, y cuando era con bizcochos o rosquillas fritas que mi abuela hacía, atraídos por el olor, mis amigos no me dejaban solo.

María Luisa (mujer de Julio Sánchez de Nieva Ferrand), Consuelo (mujer de Rafael) y Encarna, mi madre (mujer de Carlos)
Carlos, Alejandrina, Rafael, Adela, Julio y Fernando.
Tía María (hemana de mi abuelo Fernando), tío Fernando, abuelo Fernando, tío Luis, monja hermana de mi abuelo, Adela, Consuelo, María Luisa, Encarna, Alejandrina, María Luisita (hija menor de Julio y María Luisa), Yo, tío Rafael y Fernandito (hijo mayor de Julio y María Luisa.

De mis amigos recuerdo a compañeros del colegio entre ellos a, Manuel Antonio Graciani y a Tenorio Campa, que vivía en la misma calle Perú. También Antonio Ramón Buizan, éste era vecino. Había otro, Alfredo, que vivía en una choza en el monte de frente a la calle Perú, de amplia sonrisa y mejor carácter, moreno, de mi estatura y edad. Con él me veía a escondidas de mi abuelo Fernando. Se decía que sus blanquísimos dientes se debían a que comía mucho pan, duro en la mayoría de los casos. En mi casa y en la de Antonio Ramón comió en muchas ocasiones. Era realmente bueno. A su madre nunca la vi de cerca, ni a su hermana, que a la prostitución se dedicaba. Al padre, sí. Solía llegar por las tardes casi siempre con varias copas de más  ¿Qué habrá sido de Alfredo? Siempre ha estado en mi memoria.

Crecí y mis padres consiguieron, por mediación de mi otro abuelo, Antonio Navas, un piso de la Diputación en el naciente barrio de Los Remedios, en la Calle Virgen de Luján. A él se fueron ellos solos porque yo permanecí en el Heliópolis y mi hermana “vivía” con mis otros abuelos, Antonio y Adelaida, en Nervión. Sus cuatro tías y sus respectivos novios la mimaban; Emilia, la mayor de las hembras no tenía novio y pronto ingresó en “Las Esclavas”, aunque tardó poco en salir de la Congragación. Mi hermano Julio no había nacido, hablo de mediados de los años cincuenta. Curiosa situación, ¿verdad? Recuerdo las visitas que toda la familia de mi madre hacíamos para ver a Emilia, que estaba en un convento en Sanlúcar la Mayor, cerca de Sevilla. Su salud empezó a deteriorase, hasta tal punto que Francisco Aguilar Cortés, cirujano y gran amigo de la familia, la sometió a una operación al pensar, como otros doctores, que su problema podría ser de vesícula, pero ni de vesícula ni de “vesículo”, sólo “intolerancia a la obediencia”. Dejó temporalmente el convento y su mejoría fue notoria; nunca volvió a ese convento.

En esos años no teníamos coche y mi padre, químico, después de dar clase en el Colegio San Alberto Magno, del Porvenir, se iba para Heliópolis, almorzaba en casa de sus padres para después, a las tres y media, empezar la jornada vespertina en el Colegio Claret. Cuando terminaba volvía a la calle Perú y tras comprobar que mis deberes estaban correctamente realizados, ayudaba a su padre. Mi abuelo era comerciante de aceite y despachaba con él qué aceite tenía que analizar, cuáles iban para refino y cuáles para la “Exportadora” (nunca supe qué era eso).

Mi abuelo, gran aficionado a los toros, tenía sus oficinas en los casinos de la calle Sierpes y recibía en su casa las muestras de aceite en botellitas de vidrio dentro de cajitas de madera; aún conservo algunas de ellas ¡Cuántas cartas se han escrito en esa máquina de escribir que a mis espaldas descansa!

No recuerdo a qué edad empecé a irme con mi padre a “mi casa” en Los Remedios. Lo que sí recuerdo es que fui con mi abuelo para que me hicieran “a medida” unas botas y a su sastre para que me hiciera un buen abrigo: “El niño no puede pasar frío a esas horas”, decía. El recorrido era el mismo: tranvía desde el Heliópolis hasta el edificio de “Correos” (los billetes del tranvía, enrollados, se los ponía mi padre en la alianza; no podré olvidar esa imagen). Recogida la correspondencia en el “apartado 80”, trayecto hasta Virgen de Luján en los autobuses de “Damián Millán”. Cuando arreglaron el Puente de San Telmo, sustituyendo las tablas por asfalto, Damián Millán suspendió la línea o cambió el itinerario por otro que no nos convenía y el trayecto hasta Virgen de Luján lo hacíamos a pie ¡Qué buen abrigo tenía!

Ya estábamos todos en casa y tras la cena jugábamos a la pulga, y mi padre, cuando no se unía al juego, se enfrascaba en la lectura. Mi hermano Julio aún no andaba y nos veía desde el “corralito”, y la radio, en su rincón.

Como llevarme sin coche por las mañanas al Colegio Claret y después ir él al Colegio San Alberto, era un problema, mis padres decidieron matricularme en “Los Padres Blancos”, cuyo colegio se ubicaba entonces en un chalé de la calle Arcos, frente a la actual Parroquia e Los Remedios. Nunca me adapté a él y yo, que siempre había sido buen alumno, me negaba a ir a clase; mi madre no podía conmigo y teníamos broncas diarias. Fue entonces cuando mi padre hizo el primer pacto con su hijo mayor. Permanecería con los Padres Blancos hasta hacer la primera comunión, cosa que hice en la Catedral de Sevilla, y después volvería con los abuelos a Perú y al Colegio Claret. Se me pasaron pronto esos meses hasta final de curso e incluso me integré en el equipo de fútbol de aquel colegio. No recuerdo a ningún amigo de ese colegio, sólo a uno, cuyo hijo heredó un negocio de pastelería en la calle Asunción, donde todos los años voy a comprar los Roscos de Reyes; inmejorables.

Mi hermano Julio en brazos de la tía Alejandrina, el tío Luis, María Luisa, mi madre  y la tía Marisa.
El marinerito soy yo a las puertas de la Catedral de Sevilla

Maria Luisa, su hijo Fernando y la tía Alejandrina.

 

Y como siempre, cumplió el pacto y del Claret no salí hasta terminar el Bachillerato. Tengo de entonces grandes amigos, aunque de algunos, ideológicamente, nos separan varios abismos. Ya en segundo de Bachillerato mis padres se compraron un “Seita” y como el transporte estaba resuelto y, además, dejó el Colegio San Alberto y trabajó mañana y tarde en Claret, iba a comer a Luján, aunque yo seguía disfrutando de aquellas patatas en las que Dolores veía, cada vez en menos ocasiones, la Virgen al tras luz, pero afirmo: igualmente buenas. Más tarde, cuando el Claret compró un autobús, “El rayo”, me incorporé al transporte escolar y vivía según las normas al uso: con mis padres. Nunca olvidé HELIÓPOLIS, al que años después volví para vivir con mi hijo Álvaro el en la que fue la “casa de mis abuelos”, donde nací, donde me casé por segunda vez, donde nació mi hija Carmen y donde actualmente vive con su marido y su madre (con el chalet dividido); me siento vecino del barrio.

Al pasar los años, y esto es un paréntesis cerrado a priori, terminé la carrera de Físicas y mi primer trabajo fue como profesor de matemáticas y física en el Claret, por tanto, compañero de Claustro de mi padre. Como además D. Carlos me dio clase de matemáticas en los últimos cursos del Bachillerato, tengo una visión tridimensional de él. Como padre, como profesor y como compañero de trabajo. Tengo que decir que nunca me decepcionó, todo lo contrario. Cierro paréntesis.

Pero volvamos con la abuela Adela y tía Alejandrina.

Nació Adela en Sevilla, en calle Infazones (actual Avenida de Cádiz, en un edificio adosado a la estación de ferrocarril de “Andaluces” en la que su padre era ingeniero), el 22 de enero de 1885 y su hermana Alejandrina el 1 de noviembre de 1888. Entre ellas nacieron otros dos hermanos: Hiyabhel Enrique (1886) y Muscius Scaevola Juan (1887). Alejandrina los adelanta en el relato por aquello del binomio, pero ambos tendrán su momento.

Adela Ferrand López

Adela Ferrand López
Alejandrina (con el abanico), Adela (con el libro) y su hermano Mucius Scaevola Juan Ferrand López
Adela
Adela (a la izquierda) y Alejandrina con tres de sus hermanos (faltan dos)
El mismo día con su padre
Adela
Alejandrina en los espejos
Adela en los espejos
Adela
Alejandrina

¿Carta de un enamorado de Alejandrina? Firma Oliva

Adela y Alejandrina con Julio Sánchez de Nieva Ferrand y su mujer María Luisa Díaz Távora. La niña bien podría ser Marialuisita.El look moderno  de ambos es indiscutible. Corrían los años cincuenta

Casó Adela con Fernando Sánchez de Nieva y Ruiz de Cortázar, el del timbre. Su hermano Rafael nació en El Puerto de Santa María el 11 de noviembre de 1898 y falleció el 30 de mayo de 1899. Del otro hermano no tengo dato alguno. Su hermana María del Carmen, la “tía María”, nunca se casó y la recuerdo viviendo en el bajo de la calle Bailén 13, en Sevilla, y como asistenta una señora y su marido, que olían a “anís del mono” (lo digo por lo del anís y por el mono). Hablaba alto, no sé si por la sordera o por el carácter; ahora creo que por ambas cosas ¡Ah!, y con un gato, que no sé si olía más a anís o a gato. Las otras tres hermanas ingresaron en sendas órdenes religiosa a las que visitábamos con cierta frecuencia.

Los abuelos con Carlos, Rafael y Luis (en bicicleta)

Pocos recuerdos gráficos he encontrado de mi abuelo Fernando. Os pongo algunos

Los padres del abuelo Fernando.
Fernando Sánchez de Nieva González Bandarán Parra Balbastro (1854-1903)
María del Carmen Ruiz de Cortazar y Calderón (1864-?)
La madre de mi abuelo, Francisca y María del Carmen  (tía María)
Francisca Sánchez de Nieva Ruiz de Cortézar
Francisca Sánchez de Nieva Ruiz de Cortézar

El 18 de octubre de 1986, en el diario ABC, en su sección literaria, se publicó un artículo de Aquilino Duque, cuya adscripción ideológica, por considerarla conocida la omito, denominado “La deuda exterior de Sevilla“, en el que habla de Manuel Ferrand Bonilla. Yo también hablaré de él llegado el momento.

En la introducción del artículo hace referencia a mi abuela Adela en estos términos:

A últimos de octubre de 1936 la aviación roja bombardeó o intentó bombardear el aeródromo de Tablada y alguna bomba de poca entidad cayó en el barrio de Heliópolis. El barrio, considerado zona batida, fue evacuado y yo recuerdo una tarde que acompañé a mi madre a visitar a una de estas personas evacuadas de Heliópolis, que era su antigua profesora del Conservatorio, Adela Ferrand. Doña Adela nos recibió en la sala baja de una casa con patio de la calle Sales y Ferré… Adela Ferrand tenía una pierna maltrecha y estaba sentada en …”

No todo lo que dice don Aquilino es cierto. En el barrio de Heliópolis sí cayeron bombas (no una, sino varias) durante la guerra del 36, pero no en casa de mis abuelos, aunque sí cerca. El barrio de Heliópolis nunca fue evacuado. Sí es cierto que mi abuela tenía una pierna impedida, pero no por ninguna bomba sino por una caída que no fue bien curada y le causó la perdida del juego de la articulación de la rodilla. No tengo noticias de que vivieran en la calle Ferré, aunque no lo puedo afirmar, cuando ya tenía 5 hijos; más bien en la calle Luchana. Ellos veraneaban en Puerto Real o en el Puerto de Santa María, pero en los años anteriores a la República, decidieron “veranear” en Heliópolis y tras el veraneo no hubo fuerza para hacer volver a los cinco hijos al centro de Sevilla y se quedaron en el chalé de la calle Perú Nº 1.

Puerto Real 1920. De derea a izquierda, fernando, Rafael y Carlos Sánchez de Nieva Ferrand
Por la enfermedad de Adela, no pudo asistir a la boda de mis padres y en su lugar Alejandrina fue la madrina. 
Abajo, a la derecha, se ve a un señor cuya mascota está en un bastón. Es Carlos Ferrand López, hermano mayor de Adela y Alejandrina, al que he decicado más de un capítulo en esta historia.
El padrino fue Antonio Navas Giménez, mi abuelo materno. Como anecdota os diré que cuando naci y mi padre me vió por primera vez me contaban que dijo: “Don Antonio sin gafas”

Muchas personas e incluso personajes, han pasado por esa casa. Recuerdo a don José Sebastián y Bandarán sobradamente conocido en Sevilla y del que podéis saber de él si lo buscáis en Google.  Era familiar de mi abuelo Fernando y cuando ponga su árbol genealógico, podréis comprobarlo, yo sólo os contaré mis recuerdos del personaje que lógicamente no encontraréis en Internet.

Casó a mis abuelos, bautizó a todos los hijos del matrimonio y a muchos nietos y bisnietos. Era alto, muy delgado y de erguida figura. El día que anunciaba su visita la casa era un sinvivir: limpieza general, el jardín en perfecto estado de revista y lo que más me gustaba era el olor a bizcocho que inundaba la casa. Me vestían con las mejores galas y, a veces, la familia en pleno y otras en más pequeña representación, recibían a aquel personaje, que con exquisita elegancia bajaba del coche oficial, negro por supuesto, recogía la capa en su brazo izquierdo y se tocaba con un sombrero de ala redonda. A mi abuela y a mi tía las besaba y a los demás nos extendía la mano para que besáramos su anillo. No me digáis que no era un personaje.

Yo asistía a la escena con curiosidad, pero, sobre todo, pensando en los bizcochos y en el chocolate. Cuando él aceptaba tomar “una tacita”, los niños salíamos de la escena y nos dirigíamos a otra estancia en la que nuestra mesa ya estaba preparada y podíamos disfrutar de las exquisiteces que mi abuela había preparado. Después ya no volvíamos al salón, sino que nos quedábamos jugando en el jardín. Al llamarnos para la despedida, ya no estábamos “tan arregladitos”, y mismo ceremonial que en su llegada.

La neófita: Nely Sánchez de Nieva Mazón
hija de Fernando y Pepi, en brazos de su abuelo Julio Sánchez de Nieva y su tía María Luisa Sánchez de Nieva, la madrina.
Entre Sebastián Bandarán, el oficiante, y Julio el padrino, está la madre, Pepi Mazón. Entre Julio, y la madrina, aparece mi tío Fernando Sánchez de Nieva Ferrand. Los niños de la derecha somos: mi hermana Adelaida (al fondo), Carlos Sánchez de Nieva Navas, Rafael Sñanchez de Nieva Aguëra (sólo se le ve un poquito de su cabeza)y mi hermano Julio en primer plano,

Otra persona que aparecía casi a diario por la casa era Carlota de la que sólo recuerdo su figura. Alta, delgada, con el pelo blanco tirante sobre su cabeza que mostraba una frente con muy pocas arrugas; era más joven que mi tía y que mi abuela. Se sentaban en la camilla del comedor y hablaban; no sé de qué. Mi abuelo la saludaba, con educación, pero nada más. Vivía en una habitación alquilada en un chalé del barrio en la calle Tajo, muy cercano al de mi abuela; se tenían gran cariño. Tenía un hermano en Méjico y desconozco si ella era mejicana también, creo que no. Tal vez, dado que Diógenes, el hermano de mi abuela que ya conocéis, anduvo por esas tierras, de ahí viniera la amistad y el cariño mutuo; otra biblioteca quemada ¡Y van tantas!

Carlota viajaba a Méjico con cierta frecuencia y tras un viaje le trajo a mi abuelo una pluma Parker, burdeos, que sólo con introducirla en el tintero se cargaba de tinta. Burdeos no, sino rojo, callado y cortado se quedó mi abuelo cuando Carlota le dio el regalo. Tras titubear por mucho tiempo, le dio las gracias además de un beso. No recuerdo haber visto más esa pluma.

Me contaba mi abuela que su padre la animó a que estudiara música y obtuvo el título de solfeo y la carrera de piano con tanto éxito que fue durante un tiempo profesora del Conservatorio. Hablaba francés y recuerdo la cara de disgusto, sólo durante pocos minutos, cuando le dije que había escogido inglés en el bachillerato.

No la recuerdo fuera de la casa, sólo dando paseos con su hermana Alejandrina por la calle Perú a los que las acompañaba a veces. Encarna, la vecina, salía a saludarlas y pasaban algún tiempo charlando y quedaban para una futura merienda (hasta su casa llegaba el olor de los bizcochos). Doña Margarita, tiesa mujer, alemana que llegó tas la derrota Nazi huyendo de la victoria aliada y protegida, como otros muchos, por el franquismo, también la saludaba, pero sólo eso, nunca la recuerdo visitando a mi abuela.

Vamos a centrarnos en Alejandrina, que la tengo algo abandonada.

Alejandrina sí salía para hacer recados y, a veces, la acompañaba en sus visitas a “Sevilla” en el tranvía íbamos y veníamos. Me contaba historias que muchas, desgraciadamente, he olvidado. Un día cruzamos la “Puerta Jerez” por un sitio inadecuado para peatones y un municipal nos puso una multa. Ella se reía cuando me dijo:”Por catetos, dos pesetas”. Era encantadora.

La tía Alejandrina siempre vivió con su hermana; un desengaño amoroso, según nos contaban, tuvo la culpa, y la enfermedad de su hermana remató la faena. No muy alta, pero tampoco baja, con una cara encantadora en la que resaltaba sus ojos, azules como el cielo, su pelo gris siempre recogido hacia detrás. Guapa, pero más buena. A decir verdad, no sé quién era más buena y lista, ella o su hermana.

Siempre vi en su rostro una mezcla de alegría y resignación. Nunca la vi enferma; no digo que no lo estuviera, pero lo que fuera lo pasaba de pie, ya que era la “maquinaria” de la casa, pero siempre con una sonrisa. Una vez, con mucha edad, se rompió un brazo y tuvieron que operarla. Ya en quirófano le dijeron que se quitara la dentadura. “Pero cómo, si todos los dientes son míos”. Recuerdo que se limpiaba los dientes con una manopla y jabón; desayunaba café solo y sin azúcar con pan migado y comía poco, pero con apetito.

Fue a Argentina a visitar a un hermano, Hiyabhel, que allí vivía. Como se puede comprobar, arribó en Argentina el 25 de febrero de 1931, era soltera y tenía 39 años  ¿El porqué del viaje lo desconozco aunque de niño me hablaron de él y sólo me decían:”para ver a su hermano”.

De chico me llevaba al colegio y me recogía hasta que, no recuerdo a qué edad, conseguí permiso de mi padre para volver solo a casa; eso sí: “Antes de irte a jugar con tus amigos tienes que volver a casa, merendar y hacer los deberes y antes del anochecer, a casa”. Yo también cumplí el pacto, excepto en algunas ocasiones.

Recuerdo mi estancia en aquella casa con mi tía y abuelos con verdadera felicidad.

A veces, sentado en el salón de mi casa, repaso los muchos objetos que conservo de esa casa: el tresillo donde nos sentamos, mil veces tapizado y que “nadó” por la calle Perú un año de inundaciones, muchos cuadros y fotos que cuelgan de las paredes, la lámpara que nos alumbra, la figura de porcelana de “el moro” que mi bisabuelo trajo de África, la mesita de tapa de cristal abatible donde guardo muchos objetos de mi bisabuelo, el buró en el que escribo y, la pluma Parker 51. Conservo el almirez y la maja con la que mi abuela “arreglaba” las chuletas. No puedo evitar ver a mi abuela, a mi tía, sentadas en el tresillo, y a mi abuelo escribiendo en el buró.

Adela en el sillón de mimbre en el se sentaba en el jardín
Adela en “mi sillón”
Fernando (en el sillón en el que me siento todos los días). Rafael, Maria luisita (hija del tío Julio). La abuela Adela, yo y la tía Alejandrina.
Ese sofá preside el salón de mi casa en Sevilla y a la izquierda “La Mora”, actalmente en casa de Adela (hija de Rafael). En mi casa está “el Moro”; pareja de figuras que Julio Ferrand trajo de África

Lástima que ya sólo estén con nosotros en nuestros recuerdos

¡Cuántas bibliotecas quemadas!

Muchas de esas personas nos podrían haber sacado de muchas dudas; os cuento algunas de las mías.

Cuando fallece el padre, Adela y Alejandrina vivían en la  calle Feria número 100 de Sevilla en un piso (que aún existe junto al mercado), que estaba alquilado a nombre de su hijo Carlos Ferrand López, médico en Nerva (Huelva) por aquel entonces. Los hermanos ya se habían emancipado.

¿Cómo fue la vida de ambas hermanas desde que su padre fallece?

Mi abuela me contaba que habían vivido durante un tiempo con su hermano Manolo Ferrand Rodríguez, fruto de la tercera relación de Julio Ferrand con Ana Rodríguez del Moral de la que hablaré en otro capítulo de esta historia.

Otra duda que me surge es la siguiente:

Os he enseñado un documento en el que se refleja que Alejandrina, que permanecía soltera, arribó a Argentina a bordo del buque Tortosa el 25 de febrero de 1931. En ese año, su hermana Adela tenía 5 hijos: Fernando de 16 años, Julio de 15, Rafael de 13, Carlos de 12 y Luis de 5. Además, impedida de la pierna derecha. No fue madrina de mi padre en su boda, sino en su lugar lo fue su hermana Alejandrina

Me pregunto: ¿No os parece extraño que viajara a Argentina para “ver a su hermano” Hiyabhel, que allí vivía, dejando a su hermana con cinco hijos? A mí, sí

¿Había otro motivo para tal viaje? Siempre nos dijeron que Alejandrina permanecía soltera por un desengaño amoroso, ¿en qué consistió tal desengaño? ¿Habría alguna relación con el viaje a Argentina?

Termino el capítulo con el árbol genealógico de mi abuelo Fernando Sánchez de Nieva y Ruiz de Cortázar.

El siguiente capítulo estará dedicado a los hijos de Adela y Fernando.